mirándome las uñas
y rebuscando esta pequeña historia
por dentro de mis ojos diminutos
descubro la partícula gigante
donde habito. -
Angelamaria Dávila
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Alguien ha dicho y otros dirán además, muchas cosas sobre lo cotidiano. Que los hábitos comunes serán olvidados o transformados. Que hay cosas superiores, que lo primario es el mito y la emoción humana y cosas como el hambre o la curiosidad que nos mueven. O por el contrario, que tal vez que lo cotidiano es la “esencia” de la personalidad de las personas o que somos los detalles y que ellos se manifiestan cautelosamente durante el quehacer cotidiano. Sin embargo, en la pandemia y en el ocaso del planeta tierra en el capitalismo, lo cotidiano ya no es la rutina de los pasados diez años si no que se inventa a medida que pasan los meses de estadía del covid. Es aquí cuando la minucia cotidiana toma protagonismo. Un protagonismo privilegiado, sabiendo que hay quien no puede escudarse del virus y de la policía allá fuera. Reconociendo la humildad de lo que habré de exponer, digo que soy una esclava de los pelos, de los pelos que viste mi cuerpo y de los cabellos caídos que visten -en contra de mí- las grandes losas blancas de este apartamento. Recoger pelos, ver pelos, odiar y amar pelos. Se aparecen como rastros, como huellas que relatan esta reclusión.
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Los pelos de mi cuerpo revelan mi condición. Trabajo desde casa por la pandemia y peinarme ha venido a ser una cosa ya casi en el olvido. Dejé de prender la cámara de la computadora en las reuniones. Dándole cabeza, concluí - otra vez, todos los días - que desde este país, no hay sentido de continuidad, se vive día a día, en incertidumbre. Mi pequeña y personal protesta de ocultarme. Me sucede que luego de que “entré” a trabajar es que recuerdo que tengo una u otra reunión, que hay camaritas y aparatos que pretenden llevar con normalidad las tareas y que debería verme presentable en dichos "encuentros". Me siento vulnerable cuando me ven despeinada. A saber las causas y efectos que carga mi cabellera que me siento así, pero quizás me llamarían indecente, si me ven con el pelo que mi madre describe como el pelo de la casa; “parece que vas a limpiar”, el pelo de recoger, el pelo de estar a solas. Otros pelos corporales me recuerdan que hace meses no salgo de aquí. Aparte del supermercado, voy a casa de mi pareja, a veces camino o salgo a correr. Antes me daba igual dejarme crecer los pelos en las piernas o axilas y si eran o no vistos por los demás, pero ahora cada salida se siente sagrada. Seré afuera lo que no soy en este encierro. Me pido hacer un esfuerzo. Por ejemplo, afeitarse las piernas se convierte en el rito celebratorio de una valiosa visita a la playa o al río. Ese gran día que ha de tener todo lo más más de una, aunque sepa que es una falacia, así se siente. Aunque ya ni de esa fantasía vivo; el gobierno prohibió las playas, aunque sí dejó abiertos los centros comerciales y los walmarts. ¿Hay algo más triste que no poder ir a la playa durante el verano en esta isla? y doloroso ante un calor que agobia. y San Juan ques un canto de losa del que brota vapor a todas horas. No hay una puta área verde cerca.
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Los pelos pueblan mi pequeña caja de habitar y mi piso. Encuentro pelos en las cortinas, en la esponja de fregar, enredados en las plantas, en la computadora del trabajo y ni hablar de la plaga de pelos en la ducha. Se caen pelos de mi cabeza y manejarlos no es un tema menor. Esto siempre ha sido así pero sucede que esta notoriedad de los pelos nunca me había captado. No hubo pelos antes que me hicieran detenerme para otros propósitos fuera del de quejarme por la limpieza o hacerme pensar que el estrés me está dejando calva. Para acabar con esas dudas, antes retóricas, resulta que en todos los mamíferos con excepción de los humanos existe lo que se llama la muda sincronizada anual. Según el internet, a diferencia de los demás animales, las personas no necesitamos de nuestro pelo para regular nuestra temperatura. De ahí que esa sincronización se haya perdido y que la mayoría tengamos una muda diaria de aproximadamente 50 a 100 cabellos. Nuestros pelos entonces son parte de nuestro performance cotidiano. Ahora están de adorno.
3
Los pelos han conquistado como nunca antes mi pensamiento porque han venido a rememorar aquellos cercanos míos que me han visitado en la pandemia. Esos pelitos que identifico distintos por aquí han venido a ser la prueba de que no estoy sola en esta crisis, que alguien duró aquí conmigo un momento de vida. Los pelos cortos y lacios de mi amor, los pelos ondulados y negros de mi hermana, los pelos marrón claro de mi madre, mis propios pelos en exceso. Que me excuse mi padre que no tiene pelo. El encuentro de los amados es clandestino y parece como si fuese el último dentro de un tiempo largo. Antes de vernos cada cuál se había hecho la prueba molecular y al salir negativo se hizo urgente el encuentro. Esa breve ventana de oportunidad para volver a ver las caras de los que uno quiere no se deja pasar. Cada confluencia requiere planificación y cuidado para que un policía no te agarre en la calle con ganas de joderte. Los intentos de relacionarnos por la vía virtual se quedan endebles, se disipan las palabras, no es lo mismo. No se puede sustituir la cercanía. O como decía un jefe que tuve cuando alguien se excusaba de llegar por email, “¡quiero el cuerpo caliente!”. Por ahí leí que la televida no es vida y confirmo.
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Como si fuera poco, adopté una gata. Ah, lo vivo!, como dijo Vitier. Es la cosita más divertida que me ha pasado. Me ha ensañado la distancia! El espacio, si se quiere. Mas es una excesiva como yo, botando pelos. La tocas, pelos. La dejas, pelos. Barro diariamente y aún quedan pelos. Tanta limpieza tanta higiene tanto asco tanto covid tanto encierro. Podría a lo mejor tener mejor ventilación y así el viento cargaría con mis pelos. Podría comprarme un vacum cleaner, ser menos ama de casa. Podría tener soluciones técnicas para esto, ¿pero la inmundicia animal tiene cura? Aceptar lo que somos lo que tenemos, ¿qué cuesta? La esclavitud de la tristeza, de enfrentar lo único que me quedó por descubrirme en este diminuto y caluroso apartamento. Estoy (casi) a solas, suelto pelos, sueño con salir y que el aire me limpie la piel y los ojos vean algo más que el espejo.
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